Adivinando con el rocío

Toda la familia participaba de la noche de San Juan, caminando sobre la hierba con los pies descalzos para atraer la buena fortuna a la casa.

Para las chicas, el rocío era una especie de medio para ver en sueños a aquel con quien se casarían. Una chica podía descubrir cuál sería el nombre del joven que las habría esposado.

Se escribía el nombre de cada joven en un pedacito de papel, se los enrrollaba y luego se los ponía bajo la almohada. A la mañana siguiente, cuando se despertaba, la joven debía sacar sin mirar, una al azar. A veces también, en vez de meterlas bajo la almohada, se los enrollaba, y se los ponía en un cuenco con agua, y se los dejaba toda la noche bajo el rocío. El pedazo de papel que al otro día estuviese más desenrollado contenía el nombre del joven que la habría de desposar.

Pronóstico con la clara de huevo

En la víspera, las adolescentes en edad de casarse buscaban un recipiente de vidrio: un vaso, una jarra o un cuenco. Lo llenaban de agua y dejaban caer dentro la clara de un huevo. Después se lo dejaba en el alféizar de la ventana de la habitación de la joven o en el huerto, siempre expuesto al rocío nocturno. Para un resultado confiable, la noche debía ser serena y sin viento.

Al día siguiente, la clara de huevo podía hacer dos formas (o en todo caso, dos interpretaciones). Si parecía un arca o un barco, con sus velas y mástiles, era una buena señal. La dirección indicada por la proa del barco, sería desde donde llegaría el novio que la desposaría. Si la clara tomaba la forma de una casa o de una tumba, el pronóstico era negativo, y podía indicar que nunca se casaría.


 

Con el Amôrs Furlans, el Ente Friuli nel Mondo y la Sociedad Friulana de Buenos Aires - 2015