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Lecturas "de este lado del océano"

Desde este lugar del mundo, Ciudad de Buenos Aires, Republica Argentina, les propongo a los friulanos nacidos en La Patrie y a sus descendientes y también a tantos amigos de los friulanos un espacio virtual para poder encontrar lazos con sus raíces a través de estas lectura en la Marilenghe.

Cedido gentilmente por el Mestri Galliano de Agostini, publicado originalmente en el blog Centro "Raíces Friulanas" Centri "Lidrîs Furlanis"

Del triptico el tío José : José y Amelia

El tío José y su mujer Amelia, a quien llamaba "la mê cristiane", no habían tenido hijos.

El pasó toda una vida trabajando en el extranjero: anduvo por Alemania, por Suiza y también en Canadá. Se suponía que ninguna muchacha de esos países había podido arrebatarlo de su soltería.
Posiblemente tenía en su cabeza el deseo de volver, para formar una familia en el pueblo donde había nacido. Cuando regreso estableciéndose tenia ya cuarenta y pico, se reencontró con Amelia que se conocían desde pequeños. Ella también en sus vaivenes no había tenido fortuna con los hombres, tal vez por dedicarse a cuidar los padres ya mayores. Tenia además cinco hermanos varones, todos se desperdigaron por las Américas.
Amelia se encontraba en esa edad donde no podía pretender mucho, si, en cambio, tomar como un don lo que la vida le ofrecía.
Así fue que Sêf y Amelia se juntaron, con la esperanza de acompañarse todo el tiempo que les ofreciera la vida.
Un sobrino de José, que quedó huérfano desde pequeño, fue el hijo que no tuvieron. Lo criaron como propio. El niño respondió bien a los sentimientos de sus tíos y padres adoptivos.
Y así se sucedían las estaciones. Siempre fue así, el invierno era muy largo, "pai Sants" ya empezaba el frío. Se sabía que con paciencia, todas esas nieves, lluvias y nieblas, se irían de a poco, dando paso a una tímida primavera. Los días se iban alargando y entibiando, comenzaban a brotar pequeñas flores. Había que trabajar, revolver la tierra y sembrar, para luego cosechar llegado su tiempo.
Los meses de verano tenían días calurosos y pesados, con tormentas de rayos, centellas y truenos, lloviendo a baldes, que traían un respiro, una tregua a la canicular atmósfera, y "par Madone d'Avost", como siempre decían: la primer lluvia refresca el bosque.
Y a partir de allí comenzaba una de las más bellas estaciones, el otoño, sobretodo septiembre y octubre, época de vendimia, con días claros y limpios, con noches tal vez algo frías, que ya andaban en busca de el frío invierno.
Y, junto con las estaciones, iban pasando los años: Amelia, José, la casa y todo lo que la rodeaba, era una sola entidad ya no se sabía quien era quien, todo tenía la misma fisonomía.

El tío José y la jubilacion

Pocas veces el tío José había ido a la ciudad, decía que el aire del pueblito era mas sano, poco movimiento, alguna bicicleta, algunos coches: el del doctor, del alcalde y de los señores del palacio.
No iba por no contaminarse con ese enredo de coches, el griterío de la gente y el alboroto debajo de los pórticos del "Mercado viejo".
José, cuando se despertaba, ya aclaraba detrás de las montañas del lado de Muris.
Amelia, su mujer, no se sentía bien. El medico del pueblo le aconsejo descansar mas, por esto José se levantaba primero y despacito iba a la cocina, revolviendo las cenizas encontraba algunas brasas y con cuatro ramitas armaba un fueguito, ponia sobre la cafetera calentando el café de cebada, llevándole una taza a su Amelia, que lo tomaba como si fuera un bálsamo.
Ella, que siempre había estado en primera línea con los trabajos de la casa, se sentía reconfortada con las atenciones de su hombre. Hacia años que Amelia le venia repitiendo.
– José, deberías ir a la ciudad, a la oficina de las jubilaciones, el día de mañana te vendrían bien esas pocas monedas -,
- Si mujer, hoy no puedo -! contestaba José.
Y así el tiempo iba pasando.
Un día Amelia, sin avisar a nadie, se fue, haciendo ese viaje sin retorno, dejando a José desconsolado y temeroso.
-Tengo que hacerle caso a Amelia -, pensó. Finalmente decidido y acompañado por su sobrino fueron a la ciudad. La oficina de las jubilaciones estaba en un piso alto de un palacio. Para llegar allí había dos posibilidades: ir por las escaleras o tomar esa enrejada jaula, que te sube en un santiamén. José, haciéndose la cruz, subió por el ascensor.
Llegados a la oficina, José entró girando el sombrero entre sus manos diciendo.
-"Bon gjorno"-,
–Siéntese nomás – se oyó.
José se sentò al lado de una señora muy elegante, llevaba sombrero con velo, cartera y guantes. La señora empezó hablando diciéndole: que esto, que aquello, que arriba, que abajo…Pobre José! No entendía nada de lo que le decía.
Mas tarde, finalizado el trámite, el sobrino le preguntó:
-¿ Que decia la señora? –
– Ah…hablaba muy bien. –
- ¿Y que te dijo?, - José le contestó:
- A decir verdad, lo que me dijo no lo sé….- ¡Hablaba en Italiano!. –

El tío José y la purga

El tío José era un friulano de otros tiempos. Muy pocas veces había salido del pueblito donde naciera: se las podia contar con los dedos de una mano. La última vez fue cuando lo llevaron de urgencia al hospital. Y saben porque?. Tenia que ir a la boda de la hija de su compadre y sabiendo que seria una gran fiesta, se hubiera hecho una panzada en esa gran comilona, de la cual seguramente se hablaría por mucho tiempo en los corrillos del pueblo.
Así fue que, unos días antes se presentó en la farmacia, donde todos lo conocían y no por ser cliente. – Como anda Sêf ? – le dijo el farmacéutico.
– Doctor, necesitaría tomarme una purga, ya que preciso limpiar mi estomago, ahora que se viene la primavera -.
El farmacéutico, dándole una botellita, le recomienda tomarse una sola cucharadita antes de meterse en la cama y no más, siendo ese un purgante muy efectivo.
– Si, si Doctor – le dijo Sêf.
– No se preocupe.
Llegado a su casa y queriendo hacerle caso al farmacéutico, como le había dicho, se llevó la botellita a la boca para tomarse un sorbito, vaya a saber que fué lo que le paso por la cabeza en esos momentos que, levantando el codo, se la tomó toda, limpiandose luego los labios y los bigotes con la manga de la camisa, después se metió en la cama esperando poder dormir y que al otro día se produjera el efecto tan deseado.
Durante la noche se despertó con un malestar general, ganas de devolver, mareos y mucho miedo de que le hubiera llegado la hora de ir a hacerle compañía a Amelia, su mujer, que en paz descanse. Como pudo llamó al sobrino, que, viendo la botellita vacía y el estado del tío, ató urgente el caballo al sulky, lo subió a José envuelto en una cobija. Y moviendo el látigo sobre el lomo del pobre potrillo, llegaron hasta la sala de primeros auxilios donde lo internaron de urgencia, el sobrino pasó la noche sobre un banco de la sala de espera.
Al otro día le informaron que José se había salvado por un pelo: lo habian operado durante la noche ya que tenia una apendicitis convertida en una peritonitis gracias al purgante que le habia acelerado el proceso. Esta aventura tuvo un alto precio: no pudo asistir a las tan deseadas bodas, ni al tan deseado bacanal gastronomico.